Las Mujeres Agridulces
Mi grupo de amigas y yo decidimos reunimos para celebrar 20 años de amistad y para hablar de cómo nos había tratado la vida.
Quedamos en encontrarnos en un café, pero a último momento me llamaron para decirme que era mejor reunirnos en un restaurante chino. ¿Restaurante Chino? - repetía nerviosamente mientras recordaba la mancha indeleble que me había quedado en mi vestido favorito por el inadecuado uso de los palillos chinos.
Todas mis amigas son profesionales, súper independientes y simpáticas, muchas de ellas tienen años de casadas. Este año, por casualidad, nos vamos a poder reunir todas después de tantos años. Siempre las recuerdo con mucho cariño por los innumerables momentos que compartimos juntas; todas, de una forma u otra, influenciaron en mi vida e hicieron de mi lo que soy hoy.
Que gran sorpresa me llevé cuando al llegar al restaurante, las vi. a todas sentadas esperándome con una amplia sonrisa. “Nada mejor que un restaurante chino para hablar de nuestras vidas”, me dijo una amiga mientras me abrazaba fuertemente. Sorprendida por su comentario, le respondí su abrazo mientras pensaba que para mi hubiese sido mejor comer en una Arepera.
Mientras me tomaba el tercer té negro, pude darme cuenta de la simpleza de mi apariencia y sin pensarlo dos veces les pregunté por el número de teléfono del peluquero al cual frecuentaban; todas tenían el cabello con rayitos rubios (highlights) y se veían como si fueran un grupo de rockeras con mucho sabor y energía.
Entre té y té hablamos de nuestras vidas, cuando de pronto empecé a sudar, no se si sería por el exceso de té que tomé o porque una amiga empezó a hablar de su matrimonio y como había perdido el tiempo tratando de cambiar a su esposo, lo cual fue en vano. No vale la pena cambiar a los hombres – dijo con una gran sonrisa – ese afán de la mujer por cambiar a los hombres es una gran pérdida de tiempo porque ellos nunca van a cambiar. Asentí con una sonrisa su comentario, ya que por años he tratado de colocarle un cubito de sabor latino a mi marido y de milagro baila salsa.
La conversación se hizo más interesante cuando una de ellas declaró, como si fuera un decreto solemne: Los esposos con el tiempo se vuelven poco interesantes. Asombrada por este debate de los sexos sin tener a la contraparte masculina para defenderse, me armé de valor y les pregunté: ¿Pero quién los vuelve así o los hace así? – ¿No será que nosotras los hemos vuelto así?
Decidí tomarme otra taza de té, mientras todas mis amigas respondían que eran libres de culpa, y una, en un tono medio enfermo, dijo: El matrimonio me ha enfermado, tengo un dolor de cabeza que me viene antes de la menstruación, durante la menstruación y después de la menstruación, sin contar los días que me duele el vientre, y los días de mal humor. Todas nos miramos con un gesto de solidaridad pero, sin decirlo, todas estuvimos de acuerdo que no era para tanto. Yo tímidamente le respondí que era mejor ir al médico o sentarse con el esposo para ver que era lo que realmente la enfermaba.
Seguimos conversando sobre matrimonios, sobre las miradas que silenciosamente se le hacen al marido para que haga algo que ya se le ha dicho más de una vez, o de la infinidad de quejas debido a la falta de ayuda en los quehaceres domésticos.
Escuchar a mis amigas era como escuchar a miles de mujeres en el mundo, todas unidas comiendo en un restaurante chino por una causa común, ¡nos hemos vuelto Mujeres Agridulces! ¿En qué momento el marido dejó de ser interesante?¿Es esto lo que esperabamos del matrimonio?¿Qué nos ha vuelto amargas para unas cosas y dulces para otras?
De pronto entendí el por qué nos habíamos reunido en un restaurante chino, y es que nos hemos vuelto como los platos agridulces, especialidad de la comida mandarín, por un lado dulces pero por el otro agrias. El asunto de todo esto es saber como podemos dejar de ser así, si todavía no hemos aprendido, ni siquiera, a usar esos benditos palillos chinos.
Para finalizar la reunion con mis amigas, le comenté a todas sobre mi descubrimiento por lo que decidimos brindar con otro té negro. ¡A nuestra salud!
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